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Método científico

Método científico

Elemento que sirve de criterio de demarcación entre el conocimiento científico y el conocimiento ordinario, ya que ambas categorías no se diferencian.

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Concepto

Se entiende por método científico el elemento que sirve, realmente, de criterio de demarcación entre el conocimiento científico y el conocimiento ordinario, ya que ambas categorías no se diferencian en el objeto sobre el que tratan (de hecho, saber vulgar y científico se complementan), sino más bien en el modo en el que se opera para cumplir el objetivo.

Etimológicamente, la palabra "método", tanto en griego (méthodos) como en latín (methodus), alude a “camino” que se puede entender, en sentido figurado, como sendero o vía que lleva a la consecución de la verdad o el conocimiento a algún lugar. Delimitando aún más este concepto, se puede definir el método científico como el conjunto de procedimientos de investigación de conceptos, teorías y principios de razonamiento utilizados en una parte concreta del conocimiento humano. En palabras de Bunge (1985) "el conocimiento científico es, por definición, el resultado de la investigación científica, o sea, de la investigación realizada con el método y el objetivo de la ciencia".

Otras definiciones las aportan: Machlup (1978) que define “la metodología como el estudio de los principios de discriminación que guía a los investigadores a decidir si se aceptan o rechazan ciertas proposiciones como una parte de un cuerpo de conocimiento”; para Oscar Lange (1966), “el método en las ciencias es un caso particular del método comprendido en sentido amplio, en efecto, la investigación científica es la acción humana que tiene un fin definido y que tiende a conocer la realidad y las leyes que la rigen”. Para Bunge (1985), “el método científico y la finalidad a la cual se aplica constituyen la entera diferencia que existe entre la ciencia y la no-ciencia”.

El método en la investigación científica

El método científico es, por tanto, la estrategia de la investigación científica, que afecta a todo el proceso de investigación y es independiente, en principio, del tema que se estudia. Sin embargo, cada disciplina científica tiene unas características propias, que hace que los instrumentos empleados sean diferentes en mayor o menor medida. Para que el conocimiento pueda ser considerado como científico debe reunir al menos dos rasgos singulares mínimos, que son las características de objetividad y racionalidad. Por un lado, la objetividad viene caracterizada porque los enunciados científicos han de ser contrastables intersubjetivamente y se encuentra ligado al hecho de que la ciencia y la objetividad científica son fruto de la cooperación de muchos hombres de ciencia (Popper, 1972). Por otro, el concepto de racionalidad se concreta, según Bunge (1973), en que está constituida por conceptos, juicios y raciocinios y no por sensaciones o imágenes, que esas ideas pueden combinarse de acuerdo con algún conjunto de reglas lógicas y que esas ideas no se amontonan caóticamente sino que se organizan en sistemas de ideas; esto es, en conjuntos ordenados de proposiciones.

Lois Estévez (1970) distingue cuatro fases en la elaboración del método, que son: un previo inventario de los fenómenos o de los hechos significativos no rutinarios, el planteamiento de un tema problemático que hace necesaria una explicación, la formulación de conjeturas tendentes a dar tal explicación y el tratamiento por exclusión de las diversas hipótesis hasta que solo una se mantenga incólume.

Asimismo, se pueden diferenciar en cuatro los elementos que integran el proceso científico, como son los hechos, las hipótesis, las leyes y las teorías. Los hechos pueden ser la fuente de formulación de las hipótesis y, a su vez, del contraste de las mismas. Las hipótesis se configuran como suposiciones sobre la naturaleza o el comportamiento explicativo de los fenómenos que, mediante el correspondiente contraste, se traducirán en leyes —si las hipótesis son confirmadas— que conformando un sistema darán lugar finalmente a las teorías que sirven para relacionar determinado orden de fenómenos.

En definitiva, la ciencia, como conocimiento, es fruto de una combinación de conceptos, leyes, teorías, métodos e instrumentos que, según una serie de reglas lógicas, generan nuevos conceptos, leyes, teorías, métodos e instrumentos que previamente no existían. Además la ciencia se distingue de las demás formas de conocimiento por la utilización del método científico, dado que la verdadera diferencia existente entre la ciencia y la no-ciencia se encuentra en el método científico y la finalidad a la cual se aplica, asegurando como dice Bunge (1980) que “donde no hay método científico, no hay ciencia”. Sin embargo, no existe un consenso sobre la naturaleza o existencia de un único método científico, sobre todo en el campo de las ciencias sociales (y, por tanto, en la económica) donde no se pueden formular leyes válidas universalmente, lo que dificulta su carácter científico.

En este sentido, a lo largo de la historia de la ciencia se han producido una serie de controversias y enfrentamientos dialécticos constantes entre los defensores de uno u otro método científico sin que sea un problema zanjado en la actualidad, circunstancia que prueba la vitalidad y provisionalidad del conocimiento humano. De esta manera, en lo referente al método apropiado para la ciencia, puede observarse una evolución en la forma de plantearse esta cuestión por parte de científicos y filósofos a lo largo de la Historia.

Los orígenes del método científico: inductivismo, deductivismo y positivismo

La búsqueda de respuestas a cómo ha de ser el método científico ha sido un problema filosófico considerado ya desde Platón y Aristóteles. No obstante, la pretensión de este apartado no es realizar un análisis exhaustivo y completo de la evolución del método científico sino que simplemente se pretende exponer, a continuación, las corrientes metodológicas más importantes que han dado lugar a la aparición de las teorías más actuales en el área de la investigación de las ciencias sociales. Así, históricamente (comienzos del siglo XVII) se ha producido una controversia entre la corriente empirista, cuyos antecedentes se encuentra en Francis Bacon y, entre cuyos representantes se encuentran Hobbes, Locke y Hume, y la corriente racionalista, encabezada por las contribuciones de René Descartes y con representantes notables como Spinoza, Leibnitz y Wolf.

Por una parte, el empirismo aboga porque la realidad ha de ser el punto de partida para la formulación de leyes universales y defiende el concepto de inducción como método científico por excelencia. Según Bacon, el científico debe observar pacientemente la realidad y recoger innumerables ejemplos, sin pretender anticiparse apriorísticamente a la naturaleza o generalizar demasiado pronto, hasta que, por la misma fuerza de los hechos, una inducción progresiva ponga de manifiesto las leyes de los fenómenos.

Según este método, se admite que cada conjunto de hechos de la misma naturaleza está regido por una Ley Universal y el objetivo científico es enunciar esa Ley Universal partiendo de la observación de los hechos. En palabras de John Stuart Mill (1844) la investigación científica parte de la observación libre de prejuicios y procede, por inferencia inductiva, a la formulación de leyes universales sobre los hechos observados, para llegar finalmente —también por un proceso inductivo— a proposiciones de mayor generalidad conocidas como teorías, aunque permite la presentación de una serie de axiomas apriorísticos tan evidentes que no admiten discusión posible y, a través de ellos, se deducen los teoremas. No obstante, las leyes y teorías serían posteriormente verificadas mediante la comparación de sus consecuencias empíricas con los hechos observados.

Este enfoque inductivo empieza a cuestionarse en la segunda mitad del siglo XIX y, ya a principios del siglo XX, empieza a tomar una visión prácticamente opuesta en los trabajos del Círculo de Viena. Las críticas al método inductivo proceden de la dificultad de recopilar todos los hechos relacionados con el fenómeno en el que estamos interesados como un simple procedimiento para generar información y si la evidencia inductiva puede ser utilizada para predecir futuros acontecimientos.

Confrontado al empirismo se encuentra la corriente racionalista, que defiende que la fuente principal de conocimiento es la razón y que dicho conocimiento emana de una serie de verdades apriorísticas. Para Descartes, el filósofo debe llegar a intuir con claridad y distinción ciertas naturalezas simples o esencias, de cuya percepción clara y distinta pudieran deducirse luego los teoremas y los corolarios del sistema. El método científico propuesto por él fue la deducción, similar al usado en las matemáticas, como forma de enunciar leyes o teorías.

El método deductivo se contrapone al método inductivo, en el sentido de que se sigue un procedimiento de razonamiento inverso. En el método deductivo, se suele decir que se pasa de lo general a lo particular, de forma que partiendo de unos enunciados de carácter universal y utilizando instrumentos científicos, se infieren enunciados particulares, pudiendo ser axiomático-deductivo, cuando las premisas de partida están constituidas por axiomas, es decir, proposiciones no demostrables, o hipotéticos-deductivo, si las premisas de partida son hipótesis contrastables.

El centro neurálgico del método hipotético-deductivo se basa en la aplicación de la tesis de la simetría, según la cual la tarea de explicación sigue las mismas reglas de inferencia lógica que la tarea de predicción: en ambos casos se parte de una ley universal y de un conjunto de condiciones iniciales y se deducen proposiciones acerca del fenómeno desconocido. Esta tesis ha sido muy criticada posteriormente, sobre la base de que la predicción no tiene por qué implicar explicación y que la explicación sin predicción puede ser el objeto de muchas teorías perfectamente científicas.

Las críticas a este método deductivo proceden del hecho de que, dada la dificultad para contrastar empíricamente las hipótesis básicas, las teorías construidas a partir de este procedimiento poseen un alto grado de abstracción, que hace que los modelos construidos sean una representación a veces demasiado simplificada de la realidad, con el consiguiente riesgo de separación entre modelo y realidad.

Un intento de síntesis entre las dos corrientes más influyentes en la filosofía de la ciencia occidental, el empirismo anglosajón y el racionalismo continental, queda recogida en la corriente de investigación denominada el positivismo lógico, donde destacan autores reunidos en torno al conocido como Círculo de Viena (1925), entre los que se pueden destacar Menger, Shelick y Carnap. Básicamente, el Círculo de Viena propugnaba que la metodología inductivista, descrita anteriormente, se reemplazara por un procedimiento basado en el método hipotético-deductivo, siendo su principal aportación el concepto de verificación como aquello que define a un método como científico. Por un lado, el proceso científico se articula en la observación de la realidad; la formulación de las observaciones mediante hipótesis primarias; los enunciados singulares, que llegan a ser enunciados generales a través del análisis lógico y las teorías son sometidas a contraste por medio del método apropiado. Si tiene éxito, la teoría se acepta y si no la teoría es rechazada. Por otro lado, otro de los puntos claves del Círculo de Viena es el principio de la verificación. Estos autores señalan que las proposiciones no verificables, no solo no son científicas, sino que carecen de significado y que las categorías subjetivas, metafísicas y juicios de valor deben quedar necesariamente fuera del proceso cognoscitivo científico.

En definitiva, el Círculo de Viena pretendía establecer una única metodología que fuera apropiada para todas las ciencias, es decir, que defendían un monismo metodológico radical: hay una única ciencia, con un único método donde caben diversidad de objetos y de lenguajes.

Como se ha manifestado con anterioridad, existen dificultades de verificación completa que hicieron evolucionar a los neopositivistas hacia el concepto de verificación parcial o indirecta mediante la aplicación de la inferencia probabilística. Esta solución recibe el nombre de lógica inductiva, y se fundamenta en el hecho de que las proposiciones no son verdaderas con absoluta seguridad, sino más o menos probables, de acuerdo con una determinada evidencia observable. Por eso, si una verificación no permite probar la verdad definitiva de una teoría, puede determinar al menos el grado en el que ha sido confirmada.

Todas estas aportaciones tuvieron una gran influencia hasta los años sesenta, dado que, a partir de entonces, tuvo lugar la divulgación de la obra de Karl Popper y su gran aportación, el falsacionismo, que revolucionó el campo de la metodología.

El falsacionismo de Popper y las críticas al principio de falsabilidad

En 1934, Karl Popper publica su obra principal “La lógica de la investigación científica” (traducción española de 1962), donde defiende la racionalidad lógica y la importancia del método hipotético deductivo en la elaboración de las teorías. A pesar de que su obra ha sido determinante en el devenir de la metodología científica del siglo XX por la enorme controversia a que dio origen, su obra pasó casi completamente inadvertida y solo varias décadas después recibió la atención que se merecía.

La principal aportación metodológica de Popper puede resumirse de la siguiente forma: aunque una teoría no puede ser verificada, sí puede ser falsada, es decir, si el conjunto de observaciones favorables no puede demostrar la veracidad de una teoría, un hecho contrario a ella puede demostrar que la teoría es falsa. A partir de aquí, Popper establece un criterio de demarcación, distinguiendo entre la ciencia y la no-ciencia, concluyendo que a una teoría se le otorga el carácter de científica si es susceptible de ser falsada, en caso contrario, no es científica. En este sentido, Popper se halla en desacuerdo, tanto con los autores empiristas como con los racionalistas: ni los sentidos ni el intelecto proporcionan certeza en el conocimiento, de modo que el acervo científico no es más que un conjunto de conjeturas que han resistido hasta el momento los intentos de refutación, por lo que solo son provisionalmente válidas, en tanto no sean reemplazadas por otras conjeturas y así sucesivamente.

Un problema importante en la metodología popperiana es el del relevo de teorías, dado que el avance científico consiste en la progresiva sustitución de unas teorías por otras, mediante un proceso de prueba y error. En palabras de Popper, “hemos reemplazado ciertas teorías, ciertas hipótesis, ciertas conjeturas por otras, en muchos casos mejores: mejores en el sentido de estar mejor comprobadas y de ser, al parecer, una aproximación más fiel a la verdad”. Según la teoría popperiana, el proceso científico comienza cuando las observaciones entran en conflicto con las teorías existentes; entonces se proponen nuevas teorías que son sometidas a rigurosos tests empíricos con el fin de refutar las hipótesis. Si una teoría es refutada, aunque sea por una única prueba en contra, debe abandonar el cuerpo de las teorías científicas. Por el contrario, aquellas que sobreviven al falsacionismo serán corroboradas y aceptadas. Según la concepción de Popper, el progreso y avance de las ciencias surge de un proceso por el cual las teorías son superadas por otras más fuertes y más testables.

Popper, según el profesor Donoso Anés (1995), diferencia “cuatro procedimientos de llevar a cabo la contrastación deductiva de teorías, una vez que han sido extraídas por deducción lógica sus conclusiones: 1º, comparación lógica de las conclusiones, con lo que se somete a contraste la coherencia interna del sistema; 2º, estudio de la forma lógica de la teoría, con objeto de determinar su carácter; 3º, comparación con otras teorías, para averiguar si la teoría examinada constituiría un adelanto científico y 4º, contrastación por medio de la aplicación empírica de las conclusiones que pueden deducirse de ella”. Popper define el método deductivo que utiliza la contrastación empírica del punto 4 de la siguiente forma: “Con ayuda de otros enunciados anteriormente aceptados, se deducen de la teoría a contrastar ciertos enunciados singulares. Se eligen, entre estos enunciados, los que no sean deducibles de la teoría vigente y, más en particular, los que se encuentren en contradicción con ella. A continuación tratamos de decidir en lo que se refiere a estos enunciados deducidos (y a otros), comparándolos con los resultados de las aplicaciones prácticas y de experimentos. Si la decisión es positiva, esto es, si las conclusiones singulares resultan ser aceptables, o verificadas, la teoría a que nos referimos ha pasado con éxito la contrastación (por esta vez), no hemos encontrado razones para desecharla. Pero si la decisión es negativa, o sea, si las conclusiones han sido falsadas, esta falsación revela que la teoría de la que se han deducido, lógicamente, es también falsa”. De aquí, que el método propuesto por Popper se califique como hipotético, deductivo y contrastable.

La aplicación efectiva del criterio de falsabilidad, tanto en el campo de la economía como en otras disciplinas, no está exenta de dificultades y/o críticas. Los problemas para falsar concluyentemente una teoría, así como la dificultad de progreso científico, si se aplica de forma radical el falsacionismo, llevaron a algunos investigadores a meditar sobre la resistencia al cambio en las teorías científicas, por el hecho de que no se encuentran aisladas sino que funcionan como estructuras organizadas.

Así, se ha desarrollado una extensa literatura posterior a los trabajos de Popper, iniciada con las aportaciones de T. Kuhn y de I. Lakatos, en los que se destaca su escasa capacidad como instrumento para seleccionar la mejor teoría entre las varias alternativas disponibles o para explicar la historia real de la ciencia.

Dentro de la denominada escuela histórica, destaca Kuhn (1962), con su obra “La estructura de las revoluciones científicas”, que se centra, fundamentalmente, en la descripción, desde un punto de vista positivo, del proceso de relevo de teorías, más que en el aspecto normativo referente a cómo se deben construir esas teorías.

La aportación de Kuhn gira en torno a los conceptos de paradigma, ciencia normal y revoluciones científicas. Si atendemos a su definición literal, Kuhn (1971) entiende el concepto de paradigma como “las realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica”. Para este autor el conocimiento científico avanza a través de paradigmas que son el conjunto de acuerdos conceptuales, teóricos, instrumentales y metodológicos, compartidos por una determinada comunidad científica. Este concepto gobierna toda la actividad científica "normal", incluyendo el proceso de experimentación real. Lo que no se halle dentro del correspondiente paradigma es rechazado por ser "metafísico", por no ser científico.

El concepto de paradigma permite pasar a la siguiente etapa del esquema en el que Kuhn distingue entre períodos alternativos de ciencia normal y períodos de crisis. A lo largo de un período de ciencia normal, las teorías y principios que dan lugar a un paradigma son aceptados de forma indiscutida en la comunidad científica, originándose un proceso de perfeccionamiento del mismo. En esta fase de ciencia normal, en la que se acepta un cuerpo esencial de teoría, van surgiendo situaciones que no pueden explicarse de forma convincente y que reciben el nombre de anomalías. Inicialmente, se tratará de explicar estas anomalías mediante el forzamiento del paradigma o la introducción de nuevas hipótesis, pero, si su importancia y número es creciente, acabará llegándose a un momento de confusión y crisis.

A partir de él, se iniciará una fase de innovación, en la que se propondrán soluciones fuera del paradigma original que expliquen mejor los problemas que antes no podían resolverse. Y, si de esto, se deriva la consolidación de un paradigma alternativo, es decir, la sustitución de un marco teórico dominante por otro, a consecuencia de repetidas refutaciones y acumulación de anomalías, se habrá producido una revolución científica. Y, tras ese proceso de ciencia revolucionaria, se volverá a la ciencia normal, si bien en un nuevo marco teórico. En este proceso de revolución, la comunidad científica pasa una serie de etapas como el reconocimiento de las anomalías, período de inseguridad, desarrollo de grupos de ideas alternativas, identificación de escuelas de pensamiento y dominación de las nuevas ideas.

Imre Lakatos (1974) ofrece una visión armonizadora de las posturas de Popper y de Khun, aunque, por haber sido discípulo de Popper, quizá su postura metodológica se encuentre más cercana a la de este último. De este modo, partiendo de una concepción metodológica popperiana y del criterio de falsabilidad, construye también una explicación positiva de la propia evolución de la ciencia. Lakatos emplea de forma ingeniosa la idea popperiana de avance científico por falsación, refutación y modificación de las teorías sin incurrir en el mismo error que Kuhn, que plantea la sustitución de un conjunto de teorías o paradigmas por otros de un modo excesivamente radical. Este autor, por tanto, mantiene una posición crítica, tanto frente a Kuhn como a Popper, intenta unir la interpretación metodológica de Popper con la necesidad planteada por Kuhn de conocer la historia y el desarrollo de una ciencia. En palabras de Blaug (1985), “Lakatos es menos duro con la ciencia que Popper, pero mucho más duro que Kuhn, y se siente siempre más inclinado a criticar la mala ciencia con la ayuda de una buena metodología que a evaluar las especulaciones metodológicas recurriendo a la práctica científica”. Los Programas de Investigación Científica forman el concepto fundamental de la aportación metodológica de Lakatos y, en su planteamiento, existe algo que se mantiene relativamente estable en cada programa, que se denomina núcleo duro y que puede evolucionar, pero muy lentamente.

La idea básica de la que parte Lakatos es que no existen teorías que, de forma aislada, puedan evaluarse, sino más bien conjuntos de teorías interrelacionadas, que constituyen lo que el denomina Programas de Investigación Científica (PIC). Intuitivamente, un programa de investigación puede considerarse como un conjunto de teorías interconectadas (Blaug, 1992) al que hay que añadir una serie de reglas metodológicas. Pueden distinguirse varios componentes en cada programa de investigación: el núcleo central o hard core, la heurística positiva y negativa y el cinturón protector:

  • a) En primer lugar, el núcleo central está formado por un conjunto de supuestos, premisas y aspectos muy generales que sirven de base para el desarrollo del programa y que se consideran irrefutables, en buena parte debido a su naturaleza metafísica.
  • b) En segundo lugar, la heurística positiva o “conjunto parcialmente articulado de sugerencias o indicaciones sobre cómo cambiar, desarrollar, las variables refutables del programa de investigación”. Tiene como función indicar aquello que debe hacerse para desarrollar el programa de investigación, como completar el núcleo central con supuestos adicionales cuando hay que predecir fenómenos nuevos o explicar otros conocidos con anterioridad. Junto a estas hipótesis auxiliares, incluye el desarrollo de técnicas matemáticas y experimentales adecuadas.
  • c) En tercer lugar, la heurística negativa o reglas metodológicas “nos dicen qué senderos de investigación debemos evitar” (Lakatos, 1975). Delimita lo que no se debe hacer y su función es evitar que durante el desarrollo del programa de investigación se modifique el núcleo central. Por su parte, el cinturón protector se compone de una serie de hipótesis auxiliares que pueden ser refutadas, y que de hecho se van modificando a medida que son falsadas como resultado de las sugerencias de la heurística positiva.
  • d) En cuarto lugar, el conjunto de hipótesis auxiliares, condiciones generales, supuestos subyacentes y enunciados, constituyen el cinturón protector de la falsación del núcleo central, del que se derivan las teorías científicas concretas.

De acuerdo con Lakatos, estas teorías deben ser falsables, y sometidas a contraste empírico continuo comparando sus predicciones con los hechos reales. La refutación de algunas de estas hipótesis supone la modificación del cinturón protector, pero manteniendo a salvo el núcleo central del PIC. Ahora bien, estas modificaciones podrán tener dos consecuencias distintas. Si las sucesivas reformulaciones del programa suponen un aumento de su contenido empírico, obteniéndose alguna predicción adicional, se dice que el PIC se encuentra en una fase progresiva. Pero si, al contrario, el resultado de los contrastes es la introducción de hipótesis ad-hoc que modifican simplemente el programa para hacerlo compatible con los hechos que surgen, entonces se califica de degenerativo.

El avance de la ciencia, por su parte, se produce cuando un programa de investigación se considera mejor que otro por ser capaz de explicar todos los hechos del segundo y, además, realizar otras predicciones, algunas de las cuales se confirman empíricamente (Lakatos, 1978). La historia de la ciencia, por tanto, puede concebirse, en parte, como el abandono de programas de investigación degenerados y su progresiva sustitución por otros progresivos. En concreto, esto último ocurrirá cuando un PIC explique todos los fenómenos predichos por su rival y, además, añada otras predicciones no refutadas.

Por último, uno de los ataques más fervientes contra todo tipo de esquemas metodológicos se produce con la aportación de Feyerabend, considerado tradicionalmente como el exponente más claro del denominado “anarquismo metodológico”, que intenta suprimir las reglas en la elaboración de la ciencia. Su pensamiento se halla recogido principalmente en su obra “Contra el método: Esquema de una teoría anarquista del conocimiento” (primera edición inglesa de 1971 y castellana de 1974). En esta obra Feyerabend se muestra opuesto a la racionalidad científica como guía para cada investigación y propone construir una metodología de la ciencia sobre la base proporcionada por el anarquismo como teoría política.

Este autor señala que el investigador debe aceptar diversas metodologías, tomando en cada momento la que considere más oportuna, sin necesidad de someterse a la rigidez que planteaban otros procedimientos metodológicos más normativos o prescriptivos que se han mencionado anteriormente, como pretenden sobre todo Popper y, en menor medida, Lakatos. En este sentido se pronunciaba Feyerabend (1975) al señalar que “la idea de un método que contenga principios firmes, inamovibles y absolutamente obligatorios para conducir la actividad científica tropieza con graves dificultades cuando se confronta con los resultados de la investigación histórica. Entonces nos encontramos con que no hay una sola regla, por plausible que sea, por firmes que sean sus fundamentos epistemológicos, que no sea infringida en una u otra ocasión. Es evidente que tales infracciones no son acontecimientos meramente accidentales, no son resultado de la insuficiencia del conocimiento o de descuido que pudieran haberse evitado”.

Para Feyerabend, la evolución histórica de la ciencia muestra que ha sido, precisamente, la violación de las reglas metodológicas la fuente más fructífera de descubrimientos relevantes y que la ciencia progresa cuando existe independencia y autonomía en la utilización metodológica y no sometimiento a normas estrictas de investigación. Además, señala que no existe una norma en la metodología científica que no haya sido atacada en algún momento en el transcurso histórico de la ciencia y mantiene que la mayor parte de las investigaciones científicas nunca se han desarrollado siguiendo un método racional.

Para este autor, el que el científico deba atenerse a una serie de reglas y normas le puede hacer que su trabajo resulte estéril, por lo que propone ampliar el inventario de reglas y un uso distinto de las mismas. De modo que más que hablar de una teoría del camino recto, Feyerabend (1975) propone la teoría del error, cuando señala que “la ciencia como realmente la encontramos en la historia es una combinación de tales reglas y de error. De lo que se sigue que el científico que trabaja en una situación histórica particular debe aprender a reconocer el error y a convivir con él, teniendo siempre presente que él mismo está sujeto a añadir nuevos errores en cualquier etapa de la investigación. Necesita una teoría del error que añadir a las reglas ciertas e infalibles que definen la aproximación a la verdad”.

Recuerde que...

  • El método científico es la estrategia de la investigación científica que afecta a todo el proceso de investigación y es independiente, en principio, del tema que se estudia.
  • Para que el conocimiento pueda ser considerado como científico debe reunir al menos dos rasgos singulares mínimos: objetividad y racionalidad.
  • Las cuatro fases en la elaboración del método: inventario previo de los fenómenos o de los hechos significativos no rutinarios, planteamiento de un tema problemático que hace necesaria una explicación, formulación de conjeturas tendentes a dar tal explicación y el tratamiento por exclusión de las diversas hipótesis hasta que solo una se mantenga incólume.
  • Los elementos que integran el proceso científico son: los hechos, las hipótesis, las leyes y las teorías.
  • Un programa de investigación puede considerarse como un conjunto de teorías interconectadas donde se distingue varios componentes: el núcleo central o hard core, la heurística positiva y negativa y el cinturón protector.
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